martes, 21 de abril de 2020

El origen de los mundos

Haciendo buena la expresión que dice que “no hay dos sin tres” voy a finalizar a modo de trilogía con esta serie de reflexiones sobre “nuestro mundo/universo”. Hemos conjeturado sobre el qué y el cómo, a riesgo de simplificar, ya que cada pregunta puede subdividirse en muchas otras, hoy cerramos la serie con el cuándo:
 

¿Cuál es el origen del universo? Al intentar abordar la causa inicial de esta realidad universal, sea una y finita o infinitamente plural, tanto si está ordenada en sí misma como si solo lo está en parte o somos nosotros quienes la ordenamos a nuestro modo al observarla, vuelven a surgir las paradojas que conlleva el formular sobre conjuntos enormes o lo infinito las preguntas que resultan asumibles a menor escala. Estamos acostumbrados a preguntarnos por el origen de los seres y las cosas que nos rodean y responder de modo bastante aceptable, (esta mesa de madera “salió” de un árbol, árbol que plantó mi padre, padre que “salió” de mis abuelos…) damos por supuesto que todo tiene una “razón” para existir, y por ello si todo tiene su causa ¿no debería de haber una causa “Del Todo” (Universo)? Consideramos que las “causas” de las cosas son por principio anteriores y distintas a sus efectos, y por tanto la Primera Causa del universo debería de ser anterior y distinta que él. A partir de aquí comienza de nuevo el “vértigo intelectual”: si entendemos que el universo es el conjunto de todo lo que existe en realidad, si la Causa Primera existe, forma parte del universo, ya está contenida en él, no es anterior ni distinta… Cabría entonces la posibilidad de asumir que el universo ha existido siempre, no ha empezado nunca y ha estado ahí continuamente, y cada cosa existente tiene su origen en otra y a su vez es causa de otra más en un proceso que no tiene comienzo. En nuestra tradición occidental y cristiana, y en la mayor parte de nuestro planeta, la respuesta más popular a todo este “embrollo” es la de recurrir a Dios creador. Desde mi punto de vista se trata de explicar algo que entendemos poco por medio de lo que no entendemos nada. La eternidad e infinitud de Dios provocan el mismo desconcierto que la eternidad e infinitud del universo, si a la pregunta de por qué hay Universo respondemos que lo ha hecho Dios, la siguiente pregunta inevitable es ¿por qué hay Dios? o ¿quién ha hecho a Dios? Para aceptar que Dios no tiene causa podría haber aceptado antes que el universo no la tiene, y me hubiera ahorrado ese viaje (aquí me estoy acordando de la navaja de Ockham).

El argumento intuitivo más común a favor de un Dios creador es el del “orden del cosmos”, el cual suponemos que sólo puede venir de una inteligencia “ordenadora”, pero como ya comentamos en la entrada anterior, tal orden puede provenir de la inteligencia del observador, y no de un creador. El ser humano ha sido capaz de fabricar muchas cosas, utensilios, herramientas… y al observar los fabulosos engranajes de la maquinaria universal tendemos a suponer que ha podido ser fabricado por un “hacedor de mundos” de una inteligencia infinitamente superior a la nuestra, pero esa extrapolación me parece que es gratuita, tenemos la experiencia directa de la fabricación de sillas, aviones o centrales nucleares, pero carecemos de la experiencia de algo o alguien que fabrique mares, mundos o estrellas, por ello me parece que la afirmación no se sostiene, se requeriría que tuviéramos experiencia del origen de los mundos, y eso no es así. Decir que <<Dios creó el mundo de la nada>> es tan explicativo como afirmar que no sabemos quién hizo el mundo, ni cómo pudo hacerlo.

Pero cuando los científicos se refieren al tema del origen, suelen incurrir en paradojas no muy distintas de las teológicas. Según la teoría del Big Bang, el universo se expande a partir de una explosión inicial, una singularidad que no se dio en un punto del espacio, ni en un momento del tiempo, si no a partir de la cual comenzó a abrirse el espacio y a correr el tiempo. Bueno, pues tampoco resulta demasiado claro… Para que haya una explosión inicial, por metafórica que sea, “algo” debe de explotar en ella, quizás la explosión de ese “algo” sea el origen de las galaxias, agujeros negros y demás objetos estelares conocidos y desconocidos (con nosotros incluidos) pero entonces ¿de dónde salió ese “algo”? Si siempre estuvo ahí (es decir, en ninguna parte) ¿por qué ese “algo” explotó cuando lo hizo y no antes o después?... y así podemos seguir preguntándonos una y otra vez.

Vistos los resultados de estas indagaciones ¿no será mejor que dejemos de hacernos estas preguntas, o volvamos a los mitos para explicárnoslas poéticamente?... Pero ¿es que acaso podemos dejar de hacérnoslas?

lunes, 13 de abril de 2020

El orden de los mundos

El orden del Universo
En la anterior entrada intenté abordar el qué del universo en su conjunto. Intentemos hoy enfrentarnos a el cómo.


¿Tiene el universo algún orden o propósito? Tanto si aceptamos que existe el universo como un objeto único del que todo forma parte, como si nos referimos a él para aludir a todas las cosas reales resulta inevitable preguntarse si hay alguna forma de orden en él que nuestra razón pueda comprender. Los filósofos antiguos avanzaron y abogaron por esa idea y de hecho, tanto en griego como en latín las palabras que lo nombran indican orden y armonía: "cosmos" es lo bien organizado y dispuesto (de ahí la palabra “cosmética”) lo mismo que "mundus" en latín (a cuyo opuesto llamamos “inmundo” por sucio y desarreglado). Espero que todos hayamos tenido la ocasión, en alguna noche de verano, de contemplar el cielo nocturno, y de haber compartido ese momento con alguien que te ha explicado donde está la Osa mayor o alguna otra constelación. Si además ese alguien con el que compartes ese momento es un físico o astrónomo, o realizas la actividad en un observatorio o un planetario, con instrumentos (telescopios) te explicarán que esos agrupamientos estelares, las constelaciones, son meramente caprichosos, productos de la tradición y el mito, sin fundamento científico, quizás entonces de la mano del astrónomo tengas oportunidad de ver, sistemas estelares, el perfil de nuestra galaxia, y de otras que nos circundan, nebulosas de varios tipos… y yo me pregunto ¿no será también este orden que el científico me revela una forma de ver el complejo sideral, como lo es el ingenuo y tradicional reparto en constelaciones? La perspectiva científica parece más rica y sugestiva que el punto de vista común, pero quizás no es el espejo necesario del orden del mundo, si no un ordenamiento más de entre los muchos posibles de una realidad quizás caótica. El concepto de orden es un intento de poner unidad y articular relaciones en una multiplicidad de elementos, pero tal unidad puede ser inherente a las cosas mismas o bien puede que venga de nuestra forma de pensar. Fue Kant el que en su “Critica de la razón pura” expuso que <<somos nosotros mismos los que introducimos el orden y la regularidad en los fenómenos que llamamos Naturaleza>>, y en este punto creo que estoy de acuerdo con él, llamamos “orden del mundo” a nuestra forma de conocerlo y disponer de él; pero en el mismo texto también dice que <<sin entendimiento no habría en ninguna parte Naturaleza>> y aquí creo que discrepo, pues no parece que seamos necesarios para que el universo siga existiendo, de hecho tiene miles de millones de años y nosotros como especie llevamos aquí uno o dos millones… O sea que ha existido antes de nosotros y probablemente exista cuando ya no estemos. 

Por otra parte ¿podemos estar seguros de que todo el universo está organizado del mismo modo que la porción de él en la que nos encontramos y a la que alcanzan nuestros medios de conocimiento? Quizás vivamos en un fragmento cósmico “ordenado” de forma que nos es accesible mientras que muchas otras regiones se desarrollan de forma distinta, que nos está vedada y que para nosotros supondrían puro caos. Quizás el orden que comprobamos alrededor es el que nos permite existir, y los demás ordenes o desordenes nos excluyen no sólo intelectualmente, sino también físicamente como especie. Esta vinculación aparente entre nuestra forma de conocer y nuestra posibilidad de existir ha hecho que algunos astrofísicos hayan postulado lo que se llama “el principio antrópico” que en su formulación más suave resulta un tanto perogruyesco, y que viene a decir que <<puesto que hay observadores en el universo, este debe poseer las propiedades que permitan la existencia de tales observadores>>, pero si se formula de una forma más comprometedora llegaría a una sentencia de este tipo <<El universo debe estar constituido de tal forma en sus leyes y organización que no podía dejar de producir alguna vez un observador>> y esta formulación sí tiene claramente consecuencias trascendentes pues supondría que la existencia del ser humano en el Universo, no sólo es posible, si no que resulta ineludible. Para muchas personas (religiosas) ese razonamiento resulta muy atractivo. Personalmente creo que suponer que “el diseño universal” exige nuestra aparición como especie resulta de todo punto inmodesto y autocomplaciente, suponernos el fruto maduro que ha propuesto el universo en su desarrollo me hace rememorar las épocas en las que la humanidad creía que la tierra era el centro del universo. 

De todas formas, volviendo al anterior punto y aparte y al razonamiento que seguíamos sobre el pensamiento de Kant, no podemos negar que existen regularidades observables en los procesos del universo conocido, y que los científicos hacen previsiones sobre ellas que se cumplen, ese determinismo causa-efecto nos tienta a creer en la existencia del “orden cósmico”, y de nuevo surge otra pregunta interesante: ¿están esas leyes establecidas por un Dios, o son producto del azar?... un determinismo menos rígido y el componente aleatorio parece estar más en la línea de lo postulado por la física cuántica de los últimos cien años, aunque bien pudiera ser (Kant sigue teniendo su vigencia) que tal planteamiento estuviera sólo en nuestra forma de observar la naturaleza de acuerdo con esa física, y no en la naturaleza misma.

lunes, 6 de abril de 2020

Mundos


¿Qué es “un mundo”?... Es un entorno con sentido, un marco dentro del cual todo guarda cierta relación. La idea de “mundo” tiene varios niveles, desde el más próximo y aparentemente trivial al más abrumador y cósmico. El peldaño más bajo está en lo que solemos llamar “mi mundo” en el que reconocemos a la familia, el lugar de estudio o trabajo, los amigos y la diversión. Un escalón más arriba está mi ambiente social y cultural, aquellos que son “como yo” aunque no los conozca de nada. Si seguimos subiendo paso por mi país, el área internacional en la que mi comunidad se integra (occidente), y luego ya está la humanidad. Saliendo de este enfoque afectivo/sociológico damos un paso a nivel planetario y entonces decimos que mi mundo es la Tierra, y más allá también es nuestro mundo el sistema solar, y la Vía Láctea a la que nuestro sol pertenece. Luego el mundo se desborda hacia lo gigantesco, galaxias, grupos locales…y el mundo deja de serlo y se convierte en el Universo. Resulta un tanto “provinciano” que de esta sucesión de mundos al modo de una matrioshka los que vitalmente más me/nos importan son los más minúsculos, y sin embargo, de vez en cuando, somos conscientes de que también formamos parte del universo. 


El universo se expande a la misma velocidad en todas las direccionesHemos visto a lo largo del curso que los interrogantes acerca del universo son los primeros que se hicieron los filósofos antiguos, es de destacar que la primera curiosidad fue sobre el mundo, no sobre lo que yo pinto en él. En el origen, la explicación sobre el universo venía siempre en forma de mitos. Lo que hicieron los primeros filósofos fue cambiar esas ideas antropomórficas por otras más impersonales que intentaran explicar también la realidad, no es que consiguieran explicarla mejor o más exactamente, pero su esfuerzo supuso un avance ya que introdujeron la idea de que el mundo no está hecho por seres que se nos parecen espiritualmente, con pasiones, si no por principios ajenos a lo subjetivo y que tienen poco que ver con nuestros anhelos o voluntades, y esas propuestas filosóficas siempre hicieron una distinción entre las apariencias captadas por los sentidos y la realidad que sustenta a esas apariencias y que sólo puede ser descubierta usando la razón. A un mito no se le pueden poner objeciones, hay que concederle crédito sin límite (por eso fuera de la comunidad en la que nacen resultan arbitrarios o absurdos) pero las ideas filosóficas nacen por y para la controversia, están ahí, como las científicas, para ser discutidas. Los filósofos y científicos se han hecho preguntas sobre el universo, algunas han recibido respuestas que podemos considerar aceptables (composiciones químicas, órbitas,...) sin embargo algunas como el qué del universo siguen abiertas, sin respuesta definitiva. 

¿Qué es el universo? Hay dos enfoques en la ciencia/filosofía actual a la hora de abordar esta pregunta. Según uno, el universo sería una totalidad singular distinta al agregado de sus diferentes partes acerca de la cual cabe el plantearse interrogantes específicos. Según el otro, el universo no sería más que el nombre que le damos al conjunto de todo lo existente, una abreviatura para la acumulación innumerable e interminable de todo. 

Vemos que todos los objetos están formados por partes y que ellos mismos son partes de objetos mayores, por lo cual nos parece “lógico” suponer un objeto colosal formado por todos los objetos habidos y por haber. La mayor parte de los filósofos griegos creyeron en un universo de este tipo, un gran objeto del que todos los demás son componentes, ese gran objeto presentaría una serie de paradojas en sí mismo ¿podemos imaginar un objeto infinito? ¿cómo puede ser finito y no dejar nada fuera de sí mismo?  

La dificultad que se nos plantea está entonces vinculada a nuestra tendencia a formular sobre lo inmenso las mismas preguntas que tienen sentido a una escala reducida, pero es que quizás esas preguntas válidas a escala reducida sólo sean lícitas esa escala. La idea de “conjunto” quizás no sea aplicable a la materia, quizás únicamente sea apropiada en el mundo de la conciencia, y por ello la idea de interpretar el Universo como un conjunto de materia sea una aplicación (errónea) a la materia de lo característico de la conciencia. 

Aunque las dos visiones actuales siguen ahí, y Stephen Hawking en su testamento científico nos dejó el mensaje de que el universo es finito, yo me decanto por interpretar el cosmos como una infinita pluralidad de mundos, objetos y cosas que no se pueden concebir bajo el concepto de unidad, y no sólo porque desde un punto de vista “filosófico” me convenzan más los argumentos expuestos, si no porque también desde un punto de vista científico parece existir razones para ello. Si en una noche despejada miramos a derecha en el firmamento podremos ver una galaxia “A”, luego, mirando a la izquierda podremos ver una galaxia “B” ellas no pueden interactuar entre sí, nosotros estamos a mitad de camino entre ambas, y ningún fotón de “A” ha llegado a “B” ni viceversa, sin embargo, apuntemos hacia donde apuntemos nuestros instrumentos de medida, la homogeneidad de la materia llega al tercer decimal en todas direcciones. Ello parece implicar que en el origen de universo tuvo que haber interacción entre todas las partes del mismo, y después existir un periodo de expansión a velocidades superiores a la de la luz, pero… ¿cómo puede esto ser posible?... conocemos las teorías de Einstein: “la velocidad de la luz es un límite que nada puede sobrepasar” y efectivamente eso es así pero para las cosas que se mueven a través del espacio, y la expansión del universo no se hace así, si no expandiendo el espacio mismo a velocidades muy superiores a la de la luz, ahí Einstein no podría objetar nada, y eso explicaría que apuntemos a donde apuntemos nuestro telescopio veamos un universo homogéneo. No está probado, no le gusta a Hawking pero… a mí de momento me vale.