Es muy difícil referirse a uno mismo sin hacer referencia al tiempo, sin indicaciones cronológicas resultamos inexpresables, echamos mano de él para hablar de nosotros mismos, ello supone que es un concepto que nos resulta conocido y familiar, sin embargo es muy complicado definirlo. Decía Agustín de Hipona que “sé lo que es el tiempo mientras no me lo preguntan” mientras no necesito demostrar que lo sé. Para definir un concepto hay que fijarlo, y la dificultad de definir el tiempo estriba en que este no se deja fijar, no hay forma de verlo “quieto”. Cuando pretendemos fijar el tiempo en su “ahora” lo que conseguimos es analizar un “ahora” que ya no es, pasó, o prevenir un “ahora” que todavía no llegó. No obstante sabemos que vivimos el presente, y que “ahora” es precisamente ahora, no más pronto ni más tarde, lo sabemos, en cambio “pensarlo” nos resulta “complicado”.
Aristóteles en su Física ligó la noción de “tiempo” a la de “movimiento” de cualquier tipo (desplazamiento, modificación de estado). Según él donde nada pueda pasar no podrá hablarse de “tiempo”, y por ello las verdades lógicas o matemáticas están fuera del tiempo. A pesar de la dificultad para pensarlo, los humanos hemos ingeniado muy diversas maneras para establecer su paso porque sin esas “medidas” comunes para el tiempo se nos haría imposible establecer unanimidades/pautas socialmente imprescindibles para el mejor funcionamiento de la comunidad. Aún así intuimos que existe un tiempo independiente de cualquier convención humana, que repartimos en tres grandes zonas: presente, pasado y futuro. Los remordimientos del pasado o las incertidumbres del futuro pueden pudrirnos el ahora en el que efectivamente vivimos, pero la vida sucede sólo en el presente y fuera del presente nada es del todo real, sin embargo casi nunca pensamos en el instante en que vivimos, si no en el que viviremos, y nos empeñamos en vivir en lo venidero y no en el ahora. Y esto sucede no sólo a nivel individual, pueblos y colectividades sacrifican su presente empeñándose en reparar o vengar agravios pretéritos (disputas territoriales, nacionalismos…), o sacrifican a las generaciones actuales en nombre del bienestar de las futuras (¿por qué ese incierto bienestar futuro que se persigue ha de ser preferible al de nuestros contemporáneos?). Quizás lo que sucede es que pasado y futuro no resultan tan ajenos al presente y como explicaba San Agustín existe un presente de las cosas pasadas, la memoria, un presente de las cosas presentes, la percepción, y un presente de las cosas futuras, la espera. Aun admitiendo el planteamiento del santo, lo que sí podemos afirmar es que nuestra relación con el pasado no es simétrica a la que guardamos con el futuro. En el pasado está lo conocido y que ya no podemos modificar, pero si tener en cuenta para el futuro, sobre cuyo devenir influirán nuestras acciones. No obstante han existido varias corrientes filosóficas (los estoicos por ejemplo) que negaban este planteamiento y creían en el destino sosteniendo que todos los acontecimientos futuros estaban determinados desde siempre al igual que los pasados. La vida sería como una tela pintada que vamos desenrollando y conociendo a medida que la vemos, pero sobre la que no podemos actuar ni añadir nada. Esta forma de negación del futuro puede que se deba a una concepción “espacial” del tiempo que, con independencia de nuestra posición respecto al destino, solemos adoptar en mayoría; tendemos a ver pasar el tiempo por nosotros como nosotros por el espacio, pero probablemente este sea un error en el enfoque del problema, debido a nuestra “humanidad”, a nuestra propia escala frente al tiempo, a nuestro exacerbado antropocentrismo, y seguramente a nuestro desconocimiento de la física. No pasa el tiempo por nosotros, si no nosotros por el tiempo, somos los que lo atravesamos.
Existen más diferencias esenciales entre el movimiento en el espacio y el pasar del tiempo, una de las más notables es que en cada lugar del espacio sólo puede encontrarse un cuerpo, mientras que en cada lugar del tiempo se hallan todos los cuerpos contemporáneos. Tampoco viajar en el tiempo sería nunca como trasladarse espacialmente hacia adelante o hacia atrás, además de los diversos absurdos paradójicos que se propiciarían y de los que tenemos ejemplos en infinidad de películas, me gustaría compartir uno que me ha llamado mucho la atención y que no conocía hasta el momento de preparar esta entrada: cualquier desplazamiento temporal implicaría también un lapso de tiempo, por breve que fuese, que no sabríamos cómo computar porque temporalmente no estaríamos en ningún sitio, podríamos decir que estamos en nuestro presente en ese momento, pero ¿dónde estaría ese nuestro presente en el tiempo?...y es que según parece el tiempo no está ahí como el espacio para que lo recorramos, si no que más bien al tiempo “lo llevamos puesto”. En el espacio podemos explorar lo desconocido y dar con aquello que no sabíamos que estaba allí, pero sólo en el tiempo podemos generar lo que imaginamos, en el tiempo creamos, en el espacio descubrimos.
Queremos suponer que el tiempo pasa, pero en realidad el tiempo está siempre ahí, ni aumenta ni disminuye, lo que transcurre y decrece incesantemente es nuestro tiempo… ¿no será acaso esa, el tiempo, nuestra dimensión esencial?

Muy buena entrada, Marcos. Me ha gustado mucho.
ResponderEliminarSaludos... y paciencia