¿Cuál es el origen del universo? Al intentar abordar la causa inicial de esta realidad universal, sea una y finita o infinitamente plural, tanto si está ordenada en sí misma como si solo lo está en parte o somos nosotros quienes la ordenamos a nuestro modo al observarla, vuelven a surgir las paradojas que conlleva el formular sobre conjuntos enormes o lo infinito las preguntas que resultan asumibles a menor escala. Estamos acostumbrados a preguntarnos por el origen de los seres y las cosas que nos rodean y responder de modo bastante aceptable, (esta mesa de madera “salió” de un árbol, árbol que plantó mi padre, padre que “salió” de mis abuelos…) damos por supuesto que todo tiene una “razón” para existir, y por ello si todo tiene su causa ¿no debería de haber una causa “Del Todo” (Universo)? Consideramos que las “causas” de las cosas son por principio anteriores y distintas a sus efectos, y por tanto la Primera Causa del universo debería de ser anterior y distinta que él. A partir de aquí comienza de nuevo el “vértigo intelectual”: si entendemos que el universo es el conjunto de todo lo que existe en realidad, si la Causa Primera existe, forma parte del universo, ya está contenida en él, no es anterior ni distinta… Cabría entonces la posibilidad de asumir que el universo ha existido siempre, no ha empezado nunca y ha estado ahí continuamente, y cada cosa existente tiene su origen en otra y a su vez es causa de otra más en un proceso que no tiene comienzo. En nuestra tradición occidental y cristiana, y en la mayor parte de nuestro planeta, la respuesta más popular a todo este “embrollo” es la de recurrir a Dios creador. Desde mi punto de vista se trata de explicar algo que entendemos poco por medio de lo que no entendemos nada. La eternidad e infinitud de Dios provocan el mismo desconcierto que la eternidad e infinitud del universo, si a la pregunta de por qué hay Universo respondemos que lo ha hecho Dios, la siguiente pregunta inevitable es ¿por qué hay Dios? o ¿quién ha hecho a Dios? Para aceptar que Dios no tiene causa podría haber aceptado antes que el universo no la tiene, y me hubiera ahorrado ese viaje (aquí me estoy acordando de la navaja de Ockham).
El argumento intuitivo más común a favor de un Dios creador es el del “orden del cosmos”, el cual suponemos que sólo puede venir de una inteligencia “ordenadora”, pero como ya comentamos en la entrada anterior, tal orden puede provenir de la inteligencia del observador, y no de un creador. El ser humano ha sido capaz de fabricar muchas cosas, utensilios, herramientas… y al observar los fabulosos engranajes de la maquinaria universal tendemos a suponer que ha podido ser fabricado por un “hacedor de mundos” de una inteligencia infinitamente superior a la nuestra, pero esa extrapolación me parece que es gratuita, tenemos la experiencia directa de la fabricación de sillas, aviones o centrales nucleares, pero carecemos de la experiencia de algo o alguien que fabrique mares, mundos o estrellas, por ello me parece que la afirmación no se sostiene, se requeriría que tuviéramos experiencia del origen de los mundos, y eso no es así. Decir que <<Dios creó el mundo de la nada>> es tan explicativo como afirmar que no sabemos quién hizo el mundo, ni cómo pudo hacerlo.
Pero cuando los científicos se refieren al tema del origen, suelen incurrir en paradojas no muy distintas de las teológicas. Según la teoría del Big Bang, el universo se expande a partir de una explosión inicial, una singularidad que no se dio en un punto del espacio, ni en un momento del tiempo, si no a partir de la cual comenzó a abrirse el espacio y a correr el tiempo. Bueno, pues tampoco resulta demasiado claro… Para que haya una explosión inicial, por metafórica que sea, “algo” debe de explotar en ella, quizás la explosión de ese “algo” sea el origen de las galaxias, agujeros negros y demás objetos estelares conocidos y desconocidos (con nosotros incluidos) pero entonces ¿de dónde salió ese “algo”? Si siempre estuvo ahí (es decir, en ninguna parte) ¿por qué ese “algo” explotó cuando lo hizo y no antes o después?... y así podemos seguir preguntándonos una y otra vez.
Vistos los resultados de estas indagaciones ¿no será mejor que dejemos de hacernos estas preguntas, o volvamos a los mitos para explicárnoslas poéticamente?... Pero ¿es que acaso podemos dejar de hacérnoslas?
El argumento intuitivo más común a favor de un Dios creador es el del “orden del cosmos”, el cual suponemos que sólo puede venir de una inteligencia “ordenadora”, pero como ya comentamos en la entrada anterior, tal orden puede provenir de la inteligencia del observador, y no de un creador. El ser humano ha sido capaz de fabricar muchas cosas, utensilios, herramientas… y al observar los fabulosos engranajes de la maquinaria universal tendemos a suponer que ha podido ser fabricado por un “hacedor de mundos” de una inteligencia infinitamente superior a la nuestra, pero esa extrapolación me parece que es gratuita, tenemos la experiencia directa de la fabricación de sillas, aviones o centrales nucleares, pero carecemos de la experiencia de algo o alguien que fabrique mares, mundos o estrellas, por ello me parece que la afirmación no se sostiene, se requeriría que tuviéramos experiencia del origen de los mundos, y eso no es así. Decir que <<Dios creó el mundo de la nada>> es tan explicativo como afirmar que no sabemos quién hizo el mundo, ni cómo pudo hacerlo.
Pero cuando los científicos se refieren al tema del origen, suelen incurrir en paradojas no muy distintas de las teológicas. Según la teoría del Big Bang, el universo se expande a partir de una explosión inicial, una singularidad que no se dio en un punto del espacio, ni en un momento del tiempo, si no a partir de la cual comenzó a abrirse el espacio y a correr el tiempo. Bueno, pues tampoco resulta demasiado claro… Para que haya una explosión inicial, por metafórica que sea, “algo” debe de explotar en ella, quizás la explosión de ese “algo” sea el origen de las galaxias, agujeros negros y demás objetos estelares conocidos y desconocidos (con nosotros incluidos) pero entonces ¿de dónde salió ese “algo”? Si siempre estuvo ahí (es decir, en ninguna parte) ¿por qué ese “algo” explotó cuando lo hizo y no antes o después?... y así podemos seguir preguntándonos una y otra vez.
Vistos los resultados de estas indagaciones ¿no será mejor que dejemos de hacernos estas preguntas, o volvamos a los mitos para explicárnoslas poéticamente?... Pero ¿es que acaso podemos dejar de hacérnoslas?





