martes, 21 de abril de 2020

El origen de los mundos

Haciendo buena la expresión que dice que “no hay dos sin tres” voy a finalizar a modo de trilogía con esta serie de reflexiones sobre “nuestro mundo/universo”. Hemos conjeturado sobre el qué y el cómo, a riesgo de simplificar, ya que cada pregunta puede subdividirse en muchas otras, hoy cerramos la serie con el cuándo:
 

¿Cuál es el origen del universo? Al intentar abordar la causa inicial de esta realidad universal, sea una y finita o infinitamente plural, tanto si está ordenada en sí misma como si solo lo está en parte o somos nosotros quienes la ordenamos a nuestro modo al observarla, vuelven a surgir las paradojas que conlleva el formular sobre conjuntos enormes o lo infinito las preguntas que resultan asumibles a menor escala. Estamos acostumbrados a preguntarnos por el origen de los seres y las cosas que nos rodean y responder de modo bastante aceptable, (esta mesa de madera “salió” de un árbol, árbol que plantó mi padre, padre que “salió” de mis abuelos…) damos por supuesto que todo tiene una “razón” para existir, y por ello si todo tiene su causa ¿no debería de haber una causa “Del Todo” (Universo)? Consideramos que las “causas” de las cosas son por principio anteriores y distintas a sus efectos, y por tanto la Primera Causa del universo debería de ser anterior y distinta que él. A partir de aquí comienza de nuevo el “vértigo intelectual”: si entendemos que el universo es el conjunto de todo lo que existe en realidad, si la Causa Primera existe, forma parte del universo, ya está contenida en él, no es anterior ni distinta… Cabría entonces la posibilidad de asumir que el universo ha existido siempre, no ha empezado nunca y ha estado ahí continuamente, y cada cosa existente tiene su origen en otra y a su vez es causa de otra más en un proceso que no tiene comienzo. En nuestra tradición occidental y cristiana, y en la mayor parte de nuestro planeta, la respuesta más popular a todo este “embrollo” es la de recurrir a Dios creador. Desde mi punto de vista se trata de explicar algo que entendemos poco por medio de lo que no entendemos nada. La eternidad e infinitud de Dios provocan el mismo desconcierto que la eternidad e infinitud del universo, si a la pregunta de por qué hay Universo respondemos que lo ha hecho Dios, la siguiente pregunta inevitable es ¿por qué hay Dios? o ¿quién ha hecho a Dios? Para aceptar que Dios no tiene causa podría haber aceptado antes que el universo no la tiene, y me hubiera ahorrado ese viaje (aquí me estoy acordando de la navaja de Ockham).

El argumento intuitivo más común a favor de un Dios creador es el del “orden del cosmos”, el cual suponemos que sólo puede venir de una inteligencia “ordenadora”, pero como ya comentamos en la entrada anterior, tal orden puede provenir de la inteligencia del observador, y no de un creador. El ser humano ha sido capaz de fabricar muchas cosas, utensilios, herramientas… y al observar los fabulosos engranajes de la maquinaria universal tendemos a suponer que ha podido ser fabricado por un “hacedor de mundos” de una inteligencia infinitamente superior a la nuestra, pero esa extrapolación me parece que es gratuita, tenemos la experiencia directa de la fabricación de sillas, aviones o centrales nucleares, pero carecemos de la experiencia de algo o alguien que fabrique mares, mundos o estrellas, por ello me parece que la afirmación no se sostiene, se requeriría que tuviéramos experiencia del origen de los mundos, y eso no es así. Decir que <<Dios creó el mundo de la nada>> es tan explicativo como afirmar que no sabemos quién hizo el mundo, ni cómo pudo hacerlo.

Pero cuando los científicos se refieren al tema del origen, suelen incurrir en paradojas no muy distintas de las teológicas. Según la teoría del Big Bang, el universo se expande a partir de una explosión inicial, una singularidad que no se dio en un punto del espacio, ni en un momento del tiempo, si no a partir de la cual comenzó a abrirse el espacio y a correr el tiempo. Bueno, pues tampoco resulta demasiado claro… Para que haya una explosión inicial, por metafórica que sea, “algo” debe de explotar en ella, quizás la explosión de ese “algo” sea el origen de las galaxias, agujeros negros y demás objetos estelares conocidos y desconocidos (con nosotros incluidos) pero entonces ¿de dónde salió ese “algo”? Si siempre estuvo ahí (es decir, en ninguna parte) ¿por qué ese “algo” explotó cuando lo hizo y no antes o después?... y así podemos seguir preguntándonos una y otra vez.

Vistos los resultados de estas indagaciones ¿no será mejor que dejemos de hacernos estas preguntas, o volvamos a los mitos para explicárnoslas poéticamente?... Pero ¿es que acaso podemos dejar de hacérnoslas?

lunes, 13 de abril de 2020

El orden de los mundos

El orden del Universo
En la anterior entrada intenté abordar el qué del universo en su conjunto. Intentemos hoy enfrentarnos a el cómo.


¿Tiene el universo algún orden o propósito? Tanto si aceptamos que existe el universo como un objeto único del que todo forma parte, como si nos referimos a él para aludir a todas las cosas reales resulta inevitable preguntarse si hay alguna forma de orden en él que nuestra razón pueda comprender. Los filósofos antiguos avanzaron y abogaron por esa idea y de hecho, tanto en griego como en latín las palabras que lo nombran indican orden y armonía: "cosmos" es lo bien organizado y dispuesto (de ahí la palabra “cosmética”) lo mismo que "mundus" en latín (a cuyo opuesto llamamos “inmundo” por sucio y desarreglado). Espero que todos hayamos tenido la ocasión, en alguna noche de verano, de contemplar el cielo nocturno, y de haber compartido ese momento con alguien que te ha explicado donde está la Osa mayor o alguna otra constelación. Si además ese alguien con el que compartes ese momento es un físico o astrónomo, o realizas la actividad en un observatorio o un planetario, con instrumentos (telescopios) te explicarán que esos agrupamientos estelares, las constelaciones, son meramente caprichosos, productos de la tradición y el mito, sin fundamento científico, quizás entonces de la mano del astrónomo tengas oportunidad de ver, sistemas estelares, el perfil de nuestra galaxia, y de otras que nos circundan, nebulosas de varios tipos… y yo me pregunto ¿no será también este orden que el científico me revela una forma de ver el complejo sideral, como lo es el ingenuo y tradicional reparto en constelaciones? La perspectiva científica parece más rica y sugestiva que el punto de vista común, pero quizás no es el espejo necesario del orden del mundo, si no un ordenamiento más de entre los muchos posibles de una realidad quizás caótica. El concepto de orden es un intento de poner unidad y articular relaciones en una multiplicidad de elementos, pero tal unidad puede ser inherente a las cosas mismas o bien puede que venga de nuestra forma de pensar. Fue Kant el que en su “Critica de la razón pura” expuso que <<somos nosotros mismos los que introducimos el orden y la regularidad en los fenómenos que llamamos Naturaleza>>, y en este punto creo que estoy de acuerdo con él, llamamos “orden del mundo” a nuestra forma de conocerlo y disponer de él; pero en el mismo texto también dice que <<sin entendimiento no habría en ninguna parte Naturaleza>> y aquí creo que discrepo, pues no parece que seamos necesarios para que el universo siga existiendo, de hecho tiene miles de millones de años y nosotros como especie llevamos aquí uno o dos millones… O sea que ha existido antes de nosotros y probablemente exista cuando ya no estemos. 

Por otra parte ¿podemos estar seguros de que todo el universo está organizado del mismo modo que la porción de él en la que nos encontramos y a la que alcanzan nuestros medios de conocimiento? Quizás vivamos en un fragmento cósmico “ordenado” de forma que nos es accesible mientras que muchas otras regiones se desarrollan de forma distinta, que nos está vedada y que para nosotros supondrían puro caos. Quizás el orden que comprobamos alrededor es el que nos permite existir, y los demás ordenes o desordenes nos excluyen no sólo intelectualmente, sino también físicamente como especie. Esta vinculación aparente entre nuestra forma de conocer y nuestra posibilidad de existir ha hecho que algunos astrofísicos hayan postulado lo que se llama “el principio antrópico” que en su formulación más suave resulta un tanto perogruyesco, y que viene a decir que <<puesto que hay observadores en el universo, este debe poseer las propiedades que permitan la existencia de tales observadores>>, pero si se formula de una forma más comprometedora llegaría a una sentencia de este tipo <<El universo debe estar constituido de tal forma en sus leyes y organización que no podía dejar de producir alguna vez un observador>> y esta formulación sí tiene claramente consecuencias trascendentes pues supondría que la existencia del ser humano en el Universo, no sólo es posible, si no que resulta ineludible. Para muchas personas (religiosas) ese razonamiento resulta muy atractivo. Personalmente creo que suponer que “el diseño universal” exige nuestra aparición como especie resulta de todo punto inmodesto y autocomplaciente, suponernos el fruto maduro que ha propuesto el universo en su desarrollo me hace rememorar las épocas en las que la humanidad creía que la tierra era el centro del universo. 

De todas formas, volviendo al anterior punto y aparte y al razonamiento que seguíamos sobre el pensamiento de Kant, no podemos negar que existen regularidades observables en los procesos del universo conocido, y que los científicos hacen previsiones sobre ellas que se cumplen, ese determinismo causa-efecto nos tienta a creer en la existencia del “orden cósmico”, y de nuevo surge otra pregunta interesante: ¿están esas leyes establecidas por un Dios, o son producto del azar?... un determinismo menos rígido y el componente aleatorio parece estar más en la línea de lo postulado por la física cuántica de los últimos cien años, aunque bien pudiera ser (Kant sigue teniendo su vigencia) que tal planteamiento estuviera sólo en nuestra forma de observar la naturaleza de acuerdo con esa física, y no en la naturaleza misma.

lunes, 6 de abril de 2020

Mundos


¿Qué es “un mundo”?... Es un entorno con sentido, un marco dentro del cual todo guarda cierta relación. La idea de “mundo” tiene varios niveles, desde el más próximo y aparentemente trivial al más abrumador y cósmico. El peldaño más bajo está en lo que solemos llamar “mi mundo” en el que reconocemos a la familia, el lugar de estudio o trabajo, los amigos y la diversión. Un escalón más arriba está mi ambiente social y cultural, aquellos que son “como yo” aunque no los conozca de nada. Si seguimos subiendo paso por mi país, el área internacional en la que mi comunidad se integra (occidente), y luego ya está la humanidad. Saliendo de este enfoque afectivo/sociológico damos un paso a nivel planetario y entonces decimos que mi mundo es la Tierra, y más allá también es nuestro mundo el sistema solar, y la Vía Láctea a la que nuestro sol pertenece. Luego el mundo se desborda hacia lo gigantesco, galaxias, grupos locales…y el mundo deja de serlo y se convierte en el Universo. Resulta un tanto “provinciano” que de esta sucesión de mundos al modo de una matrioshka los que vitalmente más me/nos importan son los más minúsculos, y sin embargo, de vez en cuando, somos conscientes de que también formamos parte del universo. 


El universo se expande a la misma velocidad en todas las direccionesHemos visto a lo largo del curso que los interrogantes acerca del universo son los primeros que se hicieron los filósofos antiguos, es de destacar que la primera curiosidad fue sobre el mundo, no sobre lo que yo pinto en él. En el origen, la explicación sobre el universo venía siempre en forma de mitos. Lo que hicieron los primeros filósofos fue cambiar esas ideas antropomórficas por otras más impersonales que intentaran explicar también la realidad, no es que consiguieran explicarla mejor o más exactamente, pero su esfuerzo supuso un avance ya que introdujeron la idea de que el mundo no está hecho por seres que se nos parecen espiritualmente, con pasiones, si no por principios ajenos a lo subjetivo y que tienen poco que ver con nuestros anhelos o voluntades, y esas propuestas filosóficas siempre hicieron una distinción entre las apariencias captadas por los sentidos y la realidad que sustenta a esas apariencias y que sólo puede ser descubierta usando la razón. A un mito no se le pueden poner objeciones, hay que concederle crédito sin límite (por eso fuera de la comunidad en la que nacen resultan arbitrarios o absurdos) pero las ideas filosóficas nacen por y para la controversia, están ahí, como las científicas, para ser discutidas. Los filósofos y científicos se han hecho preguntas sobre el universo, algunas han recibido respuestas que podemos considerar aceptables (composiciones químicas, órbitas,...) sin embargo algunas como el qué del universo siguen abiertas, sin respuesta definitiva. 

¿Qué es el universo? Hay dos enfoques en la ciencia/filosofía actual a la hora de abordar esta pregunta. Según uno, el universo sería una totalidad singular distinta al agregado de sus diferentes partes acerca de la cual cabe el plantearse interrogantes específicos. Según el otro, el universo no sería más que el nombre que le damos al conjunto de todo lo existente, una abreviatura para la acumulación innumerable e interminable de todo. 

Vemos que todos los objetos están formados por partes y que ellos mismos son partes de objetos mayores, por lo cual nos parece “lógico” suponer un objeto colosal formado por todos los objetos habidos y por haber. La mayor parte de los filósofos griegos creyeron en un universo de este tipo, un gran objeto del que todos los demás son componentes, ese gran objeto presentaría una serie de paradojas en sí mismo ¿podemos imaginar un objeto infinito? ¿cómo puede ser finito y no dejar nada fuera de sí mismo?  

La dificultad que se nos plantea está entonces vinculada a nuestra tendencia a formular sobre lo inmenso las mismas preguntas que tienen sentido a una escala reducida, pero es que quizás esas preguntas válidas a escala reducida sólo sean lícitas esa escala. La idea de “conjunto” quizás no sea aplicable a la materia, quizás únicamente sea apropiada en el mundo de la conciencia, y por ello la idea de interpretar el Universo como un conjunto de materia sea una aplicación (errónea) a la materia de lo característico de la conciencia. 

Aunque las dos visiones actuales siguen ahí, y Stephen Hawking en su testamento científico nos dejó el mensaje de que el universo es finito, yo me decanto por interpretar el cosmos como una infinita pluralidad de mundos, objetos y cosas que no se pueden concebir bajo el concepto de unidad, y no sólo porque desde un punto de vista “filosófico” me convenzan más los argumentos expuestos, si no porque también desde un punto de vista científico parece existir razones para ello. Si en una noche despejada miramos a derecha en el firmamento podremos ver una galaxia “A”, luego, mirando a la izquierda podremos ver una galaxia “B” ellas no pueden interactuar entre sí, nosotros estamos a mitad de camino entre ambas, y ningún fotón de “A” ha llegado a “B” ni viceversa, sin embargo, apuntemos hacia donde apuntemos nuestros instrumentos de medida, la homogeneidad de la materia llega al tercer decimal en todas direcciones. Ello parece implicar que en el origen de universo tuvo que haber interacción entre todas las partes del mismo, y después existir un periodo de expansión a velocidades superiores a la de la luz, pero… ¿cómo puede esto ser posible?... conocemos las teorías de Einstein: “la velocidad de la luz es un límite que nada puede sobrepasar” y efectivamente eso es así pero para las cosas que se mueven a través del espacio, y la expansión del universo no se hace así, si no expandiendo el espacio mismo a velocidades muy superiores a la de la luz, ahí Einstein no podría objetar nada, y eso explicaría que apuntemos a donde apuntemos nuestro telescopio veamos un universo homogéneo. No está probado, no le gusta a Hawking pero… a mí de momento me vale.

viernes, 20 de marzo de 2020

Ahora que tenemos "tiempo"

Es muy difícil referirse a uno mismo sin hacer referencia al tiempo, sin indicaciones cronológicas resultamos inexpresables, echamos mano de él para hablar de nosotros mismos, ello supone que es un concepto que nos resulta conocido y familiar, sin embargo es muy complicado definirlo. Decía Agustín de Hipona que “sé lo que es el tiempo mientras no me lo preguntan” mientras no necesito demostrar que lo sé. Para definir un concepto hay que fijarlo, y la dificultad de definir el tiempo estriba en que este no se deja fijar, no hay forma de verlo “quieto”. Cuando pretendemos fijar el tiempo en su “ahora” lo que conseguimos es analizar un “ahora” que ya no es, pasó, o prevenir un “ahora” que todavía no llegó. No obstante sabemos que vivimos el presente, y que “ahora” es precisamente ahora, no más pronto ni más tarde, lo sabemos, en cambio “pensarlo” nos resulta “complicado”. 
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Aristóteles en su Física ligó la noción de “tiempo” a la de “movimiento” de cualquier tipo (desplazamiento, modificación de estado). Según él donde nada pueda pasar no podrá hablarse de “tiempo”, y por ello las verdades lógicas o matemáticas están fuera del tiempo. A pesar de la dificultad para pensarlo, los humanos hemos ingeniado muy diversas maneras para establecer su paso porque sin esas “medidas” comunes para el tiempo se nos haría imposible establecer unanimidades/pautas socialmente imprescindibles para el mejor funcionamiento de la comunidad. Aún así intuimos que existe un tiempo independiente de cualquier convención humana, que repartimos en tres grandes zonas: presente, pasado y futuro. Los remordimientos del pasado o las incertidumbres del futuro pueden pudrirnos el ahora en el que efectivamente vivimos, pero la vida sucede sólo en el presente y fuera del presente nada es del todo real, sin embargo casi nunca pensamos en el instante en que vivimos, si no en el que viviremos, y nos empeñamos en vivir en lo venidero y no en el ahora. Y esto sucede no sólo a nivel individual, pueblos y colectividades sacrifican su presente empeñándose en reparar o vengar agravios pretéritos (disputas territoriales, nacionalismos…), o sacrifican a las generaciones actuales en nombre del bienestar de las futuras (¿por qué ese incierto bienestar futuro que se persigue ha de ser preferible al de nuestros contemporáneos?). Quizás lo que sucede es que pasado y futuro no resultan tan ajenos al presente y como explicaba San Agustín existe un presente de las cosas pasadas, la memoria, un presente de las cosas presentes, la percepción, y un presente de las cosas futuras, la espera. Aun admitiendo el planteamiento del santo, lo que sí podemos afirmar es que nuestra relación con el pasado no es simétrica a la que guardamos con el futuro. En el pasado está lo conocido y que ya no podemos modificar, pero si tener en cuenta para el futuro, sobre cuyo devenir influirán nuestras acciones. No obstante han existido varias corrientes filosóficas (los estoicos por ejemplo) que negaban este planteamiento y creían en el destino sosteniendo que todos los acontecimientos futuros estaban determinados desde siempre al igual que los pasados. La vida sería como una tela pintada que vamos desenrollando y conociendo a medida que la vemos, pero sobre la que no podemos actuar ni añadir nada. Esta forma de negación del futuro puede que se deba a una concepción “espacial” del tiempo que, con independencia de nuestra posición respecto al destino, solemos adoptar en mayoría; tendemos a ver pasar el tiempo por nosotros como nosotros por el espacio, pero probablemente este sea un error en el enfoque del problema, debido a nuestra “humanidad”, a nuestra propia escala frente al tiempo, a nuestro exacerbado antropocentrismo, y seguramente a nuestro desconocimiento de la física. No pasa el tiempo por nosotros, si no nosotros por el tiempo, somos los que lo atravesamos. 

Existen más diferencias esenciales entre el movimiento en el espacio y el pasar del tiempo, una de las más notables es que en cada lugar del espacio sólo puede encontrarse un cuerpo, mientras que en cada lugar del tiempo se hallan todos los cuerpos contemporáneos. Tampoco viajar en el tiempo sería nunca como trasladarse espacialmente hacia adelante o hacia atrás, además de los diversos absurdos paradójicos que se propiciarían y de los que tenemos ejemplos en infinidad de películas, me gustaría compartir uno que me ha llamado mucho la atención y que no conocía hasta el momento de preparar esta entrada: cualquier desplazamiento temporal implicaría también un lapso de tiempo, por breve que fuese, que no sabríamos cómo computar porque temporalmente no estaríamos en ningún sitio, podríamos decir que estamos en nuestro presente en ese momento, pero ¿dónde estaría ese nuestro presente en el tiempo?...y es que según parece el tiempo no está ahí como el espacio para que lo recorramos, si no que más bien al tiempo “lo llevamos puesto”. En el espacio podemos explorar lo desconocido y dar con aquello que no sabíamos que estaba allí, pero sólo en el tiempo podemos generar lo que imaginamos, en el tiempo creamos, en el espacio descubrimos.

Queremos suponer que el tiempo pasa, pero en realidad el tiempo está siempre ahí, ni aumenta ni disminuye, lo que transcurre y decrece incesantemente es nuestro tiempo… ¿no será acaso esa, el tiempo, nuestra dimensión esencial?

lunes, 9 de marzo de 2020

Spinoza

¡Hola a todos!

Hoy hablaré un poco sobre Spinoza, su vida y su ideología.

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Su familia llegó a Holanda desde la Península Ibérica para escapar de la Inquisición, fue educado en el saber judío, pero se encontró con que le era imposible seguir siendo ortodoxo. Vivió tranquilamente en Amsterdan y La Haya, ganándose la vida puliendo lentes. Murió a los 46 años, de tisis. 

Su obra principal “Ética” fue publicada póstumamente. En ella trata de tres materias, comienza con la metafísica, que es una modificación de la de Descartes. Continúa con la psicología, que tiene reminiscencias de Hobbes. Finalmente y como producto de ambas formula una ética que es original y lo más valioso del libro.

Descartes era un hombre polifacético, lleno de curiosidad intelectual, pero no estaba muy abrumado por la seriedad moral, Spinoza, aunque no dejaba de tener interés por la ciencia, se sentía atraído por los problemas religiosos y morales. Aceptó de Descartes y sus contemporáneos una física materialista y determinista y trató, dentro de la estructura de esta, de hallar un lugar para el respeto y la vida consagrada al Bien. El sistema metafísico de Spinoza es como el iniciado por Parménides, hay solo una sustancia <<Dios o Naturaleza>> y nada finito subsiste por si mismo. Descartes admitía tres sustancias: Dios, espíritu y materia, nada de esto valía para Spinoza, según él pensamiento y extensión eran atributos de Dios, que también tiene un número infinito de otros atributos desconocidos para nosotros. Las almas y los trozos separados de la materia no son cosas, son para Spinoza aspectos del Ser divino. No existe la inmortalidad personal en la que creen los cristianos, sólo aquella inmortalidad que consiste en hacerse más y más uno con Dios. Las cosas finitas se definen por sus límites, sean estos físicos o lógicos. Sólo puede haber un Ser que sea totalmente positivo, y tiene que ser absolutamente infinito, de esta forma Spinoza nos arrastra a un panteísmo completo y sin atenuaciones.

Todo, según Spinoza, está gobernado por una necesidad lógica absoluta. No hay libre albedrío en la esfera mental, ni azar en el mundo físico. Todo lo que ocurre es una manifestación de la inescrutable naturaleza de Dios, y es, lógicamente, imposible que los acontecimientos fueran diferentes de lo que son. Sus críticos le planteaban entonces si eran buenas entonces acciones pecaminosas, y él contestaba que el mal que a nosotros nos parecen los pecados no existe cuando estos son contemplados como partes de un Todo. Según él, el entendimiento humano tiene un conocimiento adecuado de la eterna e infinita esencia de Dios, pero las pasiones (emociones que brotan de ideas inadecuadas) nos distraen y oscurecen nuestra visión intelectual del Todo. Las acciones ilícitas son debidas a nuestros errores intelectuales, si pudiésemos ver el Universo como lo ve Dios y comprendiésemos totalmente nuestras circunstancias actuaríamos prudentemente y seríamos felices frente a lo que interpretamos como desgracias.

Spinoza considera al tiempo como irreal, cualquier cosa que ocurra forma parte del eterno mundo intemporal tal y como Dios lo ve, solo la ignorancia nos hace pensar que podemos cambiar el futuro, lo que ha de ser será, y para él el futuro está fijado de modo tan inalterable como el pasado, por eso la esperanza y el temor nacen de la falta de sabiduría ya que contemplan el futuro como algo incierto.

Cuando adquirimos, en la medida de lo posible, una visión del mundo análoga a la de Dios, lo vemos todo como una parte del conjunto e igualmente necesario para la bondad del Todo. Por consiguiente el conocimiento del mal es un conocimiento inadecuado. Dios no tiene ningún conocimiento del mal, porque no hay ningún mal que tenga que ser conocido, la apariencia del mal solo surge al considerar las partes del Universo como si fueran existentes por sí mismas.

El punto de vista de Spinoza propone liberar al ser humano de la tiranía del temor, vivió de conformidad con este precepto. Según se atestigua el último día de su vida estaba tranquilo, no exaltado, conversó con normalidad sobre asuntos de interés con varios de sus interlocutores, a sabiendas de que le rondaba la muerte. A diferencia de otros filósofos, no sólo creía en sus propias doctrinas, también las practicaba; no se sabe de ninguna ocasión, a pesar de grandes provocaciones, en la que se viera arrastrado a la cólera que su moral condenaba. En la controversia era cortés y razonable, sin molestar nunca, pero haciendo todo lo posible por persuadir. Vivió de 1634 a 1677 y probablemente fuera el más noble y amable de los grandes filósofos; al decir de los expertos intelectualmente algunos le han superado, pero éticamente fue de los supremos.

Biografía

Historia de la filosofía antigua-Editorial CSIC
Filosofía Eidos-Editorial vicens-vives de José Barrio y Octavio Fullat
Apuntes de filosofía de Manuel Otero CEI Gijón
Filosofía para COU-Manuel de la Cera CEI Gijón

lunes, 17 de febrero de 2020

Parménides



¡Hola a todos! Hoy comentaré algunos de los aspectos más importantes en torno a la figura del filósofo presocrático Parménides.

Parménides procedía de Elea, en el sur de Italia. Según Platón, Sócrates en su juventud se entrevistó con él ya anciano (sobre el año 450 a. C.) y aprendió mucho; no podemos asegurar que esto haya sucedido, pero lo que está claro es que Platón estaba influido por las doctrinas de Parménides. 

Resultado de imagen de parménidesLo que hace a Parménides históricamente importante es que inventó una forma de argumento metafísico que se halla en la mayoría de los metafísicos posteriores incluyendo a Hegel. Algunos autores le atribuyen el invento de la lógica, pero en realidad parece ser metafísica basada en lógica. 

Consideró a los sentidos como engañadores y condenó multitud de cosas sensoriales como mera ilusión. No es como en Heráclito, una combinación de contrastes puesto que no hay tales cosas opuestas. Parece que pensó, por ejemplo, que “frío” significa solamente “no caliente”, y “oscuro” únicamente “no claro”. Para él sólo hay un ser verdadero “el Único” infinito e indivisible, material y extenso, no es como un Dios, habla de él como una esfera, resulta indivisible porque su conjunto está presente en todas partes. 

El filósofo divide su ciencia en dos partes a) el camino de la verdad, que es transitable y b) el camino de la opinión, que no lleva a ninguna parte. Él creía que el pensamiento y el lenguaje requieren de objetos externos y puesto que puedes pensar o hablar de una cosa en un momento u otro, todo lo que puede ser pensado o hablado debe de existir en todos los tiempos. Por consiguiente no puede haber cambio alguno, puesto que el cambio consiste en que las cosas se originen o dejen de existir. Se considera que este es el primer ejemplo en la filosofía de un argumento sobre el pensamiento y el lenguaje con referencia al mundo. Él afirma que, puesto que ahora podemos saber lo que comúnmente se considera como pasado, no puede ser realmente pasado sino existir, en cierto modo, ahora. Por eso dice que no hay cambio. Todo este argumento muestra lo fácil que resulta sacar conclusiones metafísicas del lenguaje y como el único medio de evitar argumentos falsos de esta especie es llevar el estudio lógico y psicológico del lenguaje más allá de donde llegaron la mayoría de “los metafísicos” posteriores. Parménides supone que las palabras tienen un significado constante, esa es la base de su argumentario, pero aunque el diccionario o una enciclopedia den un significado oficial y socialmente sancionado a una palabra, no hay dos personas que empleando la misma palabra tengan exactamente la misma idea en su mente. 

Lo que la filosofía posterior, hasta tiempos modernos, acepto de Parménides, no fue la imposibilidad del cambio, que era una paradoja demasiado estridente, si no la indestructibilidad de “la sustancia”, esta palabra no se da en sus sucesores inmediatos, pero su concepto ya está implícito en sus especulaciones. Se suponía que una sustancia era un sujeto persistente de predicados variables, y así llegó a ser y fue durante más de dos mil años una de las concepciones fundamentales de la filosofía, psicología, física y teología.

Bibliografía:

Historia de la filosofía antigua-Editorial CSIC
Filosofía Eidos-Editorial vicens-vives de José Barrio y Octavio Fullat
Apuntes de filosofía de Manuel Otero CEI Gijón
Filosofía para COU-Manuel de la Cera CEI Gijón
https://es.wikipedia.org/wiki/Parm%C3%A9nides_de_Elea


lunes, 27 de enero de 2020

Sobre el concepto de la política de Platón

¡Hola a todos!

Hoy hablaré brevemente y desde mi punto de vista sobre la concepción de la organización política de Platón.

 Platón probablemente alentado por la condena a muerte de su querido maestro Sócrates afirma que la ignorancia del pueblo era aprovechada, en beneficio personal, por los embaucadores oradores que llegaban al poder, manifiesta la gran zozobra que le ocasionaba contemplar la normalizada corrupción de los políticos de su época y la achaca a la separación entre ética y política. Para él es necesario que lo filosófico y lo político marchen juntos, por eso dice que hasta que los filósofos no sean reyes o los reyes no sean filósofos, la comunidad no estará bien regida. Por ello aspira, respaldándose en su teoría de las ideas, del conocimiento y del alma, a plantear cómo debería ser la polis ideal. Para Platón el hombre es un ser social que solo alcanza su perfección en la ciudad, de modo comunitario. El Estado es el único capaz de armonizar y dar consistencia a las virtudes individuales. Platón diseña la estructura de su República/Estado ideal en función de tres tipos de actividades básicas: 1) la actividad productiva, 2) la actividad defensiva y 3) la actividad organizativa. Generando esta división a su vez tres clases sociales: 1) los artesanos, 2) los guerreros y 3) los gobernantes; para la que a cada uno se le prepara desde niño, en función de sus naturales capacidades, y en la que cada uno aporta su saber, experiencia y conocimientos a la polis.

Con este trabajo Platón inicia un desarrollo filosófico que continuó a lo largo de la historia hasta nuestros días, y marcó el comienzo de una búsqueda ininterrumpida de la “mejor” organización social, ya sólo por esto sería reseñable. 

Resultado de imagen de platonAunque hayan pasado más de 2.400 años desde que formalizó estas ideas, no dejan de tener su vigencia en nuestra época, no ya desde un punto de vista funcional, pues la sociedad ha evolucionado tanto que no se puede pretender llevar su pensamiento literalmente a la práctica (él tampoco lo pretendió en su momento, lo planteó como una utopía) y además muchos pensadores posteriores, siguiendo su ejemplo y estela han desarrollado, en el amplio sentido de la palabra, nuevas teorías sobre la organización de la sociedad. Pero sí creo que sirven de ejemplo en esta nuestra época, en las que las llamadas “fake news” están de moda y a la orden del día.

Platón veía la necesidad de consolidar el Estado mediante la estratificación de clases para evitar luchas, regenerar al Estado, acabar con la corrupción y proporcionar la felicidad a todos los habitantes. La mecánica política bajo todas las coberturas ideológicas y jurídicas posibles en una sociedad dada, es un juego de intereses sectoriales que batallan por el control de la misma. Tras las ideas y «propuestas» políticas existe una defensa de intereses sectoriales, de clase social, que pugnan por el poder. El discurso ideológico a menudo enmascara esos intereses para hacerlos aparecer como «universales», «de todo el pueblo», «del bien de la Humanidad o de la sociedad, o del Estado, o de la Nación...» algo que, estamos viendo en nuestro país durante los últimos años, y en la esfera internacional. Todo el mundo pretende ostentar la razón y tener la verdad, defendiendo postulados ideológicamente antagónicos, parece imposible llegar al “bien común” desde posiciones políticas tan radicalmente alejadas ¿quién tiene razón?... ¿quién defiende la verdad?...

Los historiadores “interpretan” más que desvelan la sinceridad de los hechos y la realidad, supongo que muchas veces cayendo en el grave error de juzgar las cosas con la mentalidad de nuestros días. Platón nació en el seno de una aristocrática familia ateniense, y por ello quizás sólo él podría aclararnos cuál fue su verdadera intención, la búsqueda “sincera” del bien común de la sociedad, o la perpetuación de los privilegios de la clase social a la que él pertenecía, ya que bajo mi punto de vista encuentro a dos Platones en un combate que no parece tener un indiscutible ganador.

domingo, 19 de enero de 2020

El desarrollo de la ciencia a inicios de la época moderna


Casi todo lo que distingue al mundo moderno de los siglos anteriores es atribuible a la ciencia. Los nuevos conceptos que esta introdujo influyeron profundamente en el desarrollo de la filosofía moderna. Varios seres humanos ocupan un lugar preeminente en la creación de ciencia en esta época: Copérnico, Kepler y Galileo son tres de los más importantes.



Copérnico (1473-1543) era un sacerdote polaco, de impecable ortodoxia. En su juventud viajó por Italia y absorbió algo de la atmósfera del Renacimiento, en 1503 regreso a su país y ejerció de canónigo en Frauenburg. Gran parte de su tiempo parece haberlo empleado en combatir a los alemanes y reformar el sistema monetario, pero su ocio lo dedico a la astronomía. Llegó pronto a creer que el sol está en el centro del universo, y que la tierra tiene un doble movimiento: una rotación por jornada, y una vuelta anual alrededor del sol. El temor a la censura eclesiástica le llevo a no publicar sus puntos de vista, aunque permitió que fueran conocidos. Su obra principal “De revolutionibus orbium caelestium” fue publicada en el año de su muerte, y en ella se indicaba que la teoría heliocéntrica solo era formulada como una hipótesis. El libro está dedicado al Papa y se libró de la condena oficial católica hasta la época de Galileo probablemente porque en la época en la que vivió Copérnico, la iglesia era más liberal que después del concilio de Trento. La atmósfera de la obra de Copérnico no es moderna, podría calificarse como “pitagórica”, da por axiomático que todos los movimientos celestes tienen que ser circulares y uniformes, y como los griegos, se deja influir por motivos estéticos, no hay nada en sus especulaciones que no pudiera habérsele ocurrido a un astrónomo de la antigua Grecia. Lo importante de su obra es el destronamiento de la Tierra de su geométrica preeminencia, esto hacía difícil darle al ser humano la importancia cósmica que le atribuye la teología cristiana, y Copérnico no aceptaba esas consecuencias y protestaba contra la opinión de que su teoría contradecía a la Biblia. Esta aparente contradicción es una de las claves del cambio filosófico que comienza a gestarse: no es lo que el hombre de ciencia cree lo que le distingue, si no el cómo y el por qué lo cree. Sus creencias son tentativas, no dogmas; están basadas en pruebas, no en una autoridad o en la intuición. Copérnico estaba acertado al llamar hipótesis a su teoría, sus oponentes estaban en el error al considerar indeseables las nuevas hipótesis Las personas que fundaron la ciencia moderna tuvieron dos méritos: una inmensa paciencia en la observación, y una gran audacia en la construcción de hipótesis. Copérnico, como sus grandes sucesores poseyó ambas, supo todo lo que podía saberse, con los instrumentos existentes en su tiempo, acerca de los movimientos aparentes de los cuerpos astronómicos en la esfera celeste. Además del efecto revolucionario sobre la imagen del cosmos, los dos grandes méritos de la nueva astronomía fueron: 1) el reconocimiento de que lo que se había creído desde los tiempos antiguos podía ser falso y 2) que la prueba de la verdad científica es la paciente compilación de hechos, combinada con la audaz adivinación de las leyes que agrupan estos hechos. Ambos méritos ya están presentes en la obra de Copérnico y van a desarrollarse plenamente en la de sus “sucesores”.



Kepler (1571-1630) es uno de los mayores ejemplos de lo que puede lograrse mediante paciencia aun sin mucho genio. De joven fue ayudante de Tycho Brahe que fue un astrónomo observador, no teorizador, que realizó un catálogo de estrellas y anotó las posiciones de los planetas durante muchos años, estas observaciones resultaron de un valor inapreciable para Kepler, cuya gran realización fue el descubrimiento de sus tres leyes del movimiento planetario, las dos primeras publicadas en 1609 y la tercera en 1619. La primera ley dice que los planetas describen órbitas elípticas en las cuales el sol ocupa un foco. El círculo era una figura perfecta y los orbes celestes eran cuerpos perfectos, originariamente dioses, hasta aquel momento parecía obvio que un cuerpo perfecto se moviese en una figura perfecta. La sustitución de círculos por elipses propuesta por la primera ley implicó el abandono del prejuicio estético que había dominado la astronomía desde Pitágoras, requirió de un esfuerzo de emancipación de la tradición tan gigantesco como que en este momento a nosotros nos probasen algo inimaginable (la tierra no es una esfera, es un cubo). La segunda dice que la línea que une un planeta con el sol recorre espacios iguales en tiempos iguales. Ello implicaba, dado que se movían en una trayectoria elíptica, que el planeta se movía más rápido cuando estaba cerca del sol, y más lentamente cuando estaba lejos. Esto también resultaba en principio inadmisible pues un planeta era “demasiado majestuoso” como para tener que ir deprisa unas veces y más despacio otras. La tercera que el cuadrado del periodo de revolución de un planeta es proporcional al cubo de su distancia media al sol. Mientras que las dos primeras leyes trataban del movimiento de cada planeta aisladamente, la tercera pone en relación el movimiento de los diferentes planetas entre sí. Viene a decir que si D es la distancia media de un planeta al sol y T la longitud de su año, entonces D³/T² es lo mismo para todos los diferentes planetas. Proporciona la prueba (respecto al sistema solar) de la ley de Newton del cuadrado inverso para la gravedad, pero esto es algo para lo que hubo que esperar más de medio siglo.



Resultado de imagen de galileoGalileo (1564-1642) es importante como astrónomo, pero quizás aún más como fundador de la dinámica. Fue el primero en establecer la ley de la caída de los cuerpos que dice que cuando un cuerpo cae libremente, su aceleración es constante, salvo la influencia que pueda tener la resistencia del aire; además la aceleración es la misma para todos los cuerpos, pesados o ligeros, grandes o pequeños. Pudo ser probada con la invención de la bomba de aire en 1654 con lo que se pudo observar la caída de cuerpos en lo que prácticamente era el vacío, y se vio que las plumas caían tan rápido como el plomo. Galileo también estudió el movimiento de los proyectiles, cuestión de gran importancia para su protector, el duque de Toscana, llegando a describir su movimiento parabólico excepción hecha de la medida en la que se interpone la resistencia del aire. De sus observaciones dedujo el principio de que cuando varias fuerzas actúan simultáneamente, el efecto es como si cada una de ellas actuara por turno. Esto hizo posible averiguar el efecto total de una serie de fuerzas actuando combinadamente, e hizo factible el análisis de los fenómenos físicos descubriendo las leyes separadas de las diversas fuerzas a las que están sometidos los cuerpos en movimiento. Galileo adoptó ardorosamente el sistema heliocéntrico, tuvo correspondencia con Kepler y conoció sus descubrimientos. Habiendo tenido noticias de que un holandés había inventado hacia poco un telescopio, se fabricó uno y muy pronto descubrió cosas importantes. Vio que la Vía Láctea consistía en una multitud de estrellas separadas. Observó las fases de Venus. Descubrió los satélites más grandes de Jupiter, y comprobó que obedecían las leyes de Kepler. Galileo fue condenado por la inquisición, primero privadamente, en 1616, y luego públicamente en 1633, lo que le obligó a retractarse para no arder en la hoguera prometiendo no sostener nunca más que la Tierra se movía o giraba.


Estos tres hombres prepararon el camino e iniciaron el cambio de paradigma en la ciencia para superar lo que se había convertido en una barrera para el conocimiento al superar la autoridad y el pensamiento de los filósofos clásicos y la iglesia católica en el mundo occidental.

sábado, 18 de enero de 2020

Presentación

¡Hola a todos!

Este es el comienzo de un nuevo blog dedicado a la filosofía que tendrá contenido bastante variado. Desde pequeñas investigaciones sobre aspectos que influyeron a la filosofía hasta reflexiones y comentarios sobre la ideología de algunos de los más importantes pensadores de la historia.

Trataré de subir, como mínimo una entrada al mes, aunque dependiendo de mi disponibilidad quizás sean unas pocas más. Se irá viendo con el tiempo.

Espero que os guste y os resulte útil.


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